
Esta es una historia sobre la modernidad. Es esto: una red de terminales portuarias frías donde el deseo se convierte en factura y la ausencia en mercancía. A J.B., un hombre que probablemente entendía la soledad del administrador de sociedades limitadas, el azar le entregó una víctima. En los muelles de Las Palmas, donde el pescado congelado es la única moneda real, la historia de J.B. queda como el residuo de una estafa donde lo único que se capturó fue la ingenuidad de una empresa que creyó que el pulpo podía nacer de un correo electrónico.
Al mediodía de la fecha del jucio, bajo el zumbido mortecino de los fluorescentes del juzgado, el magistrado escuchaba el relato de las piraguas con una desgana metafísica. Sentía la presión de la toga sobre los hombros como el peso de una civilización que se desmorona en tecnicismos. Mientras los abogados desgranaban el concepto de «pulpo mauritano», el juez experimentaba una pequeña rotura interna, un sismo de identidad: él, que había construido su mapa mental del mundo sobre la certeza del pulpo gallego y el aceite de oliva, descubría que incluso la tradición era una etiqueta intercambiable en el mercado global. La idea de un cefalópodo de Mauritania le resultaba tan artificial y desoladora como el centro comercial Las Arenas en domingo; una pieza más de ese gran simulacro donde nada es lo que parece y donde, al final, la única verdad es una sentencia que llega tarde a un mundo que ya no tiene hambre de justicia, sino de devoluciones bancarias.
La compañía A.A.F., en esa búsqueda desesperada y algorítmica de rentabilidad que caracteriza al capitalismo tardío, rastreó la web hasta encontrar TPS. No buscaban una conexión humana, buscaban pulpo mauritano. J.B., con la desoladora lucidez de quien no tiene nada que perder, decidió encarnar ese papel. Les vendió no solo el animal, sino la ilusión de una estructura logística que solo existía en servidores remotos y en su propia capacidad de fabulación.
El escenario de la estafa se cocinó entre la aridez de Mauritania y el asfalto funcional de Las Palmas y Bruselas. J.B. desplegó la coreografía del éxito vacío: agasajos en ferias internacionales donde se movía como un espectro familiar en stands ajenos, visitas a instalaciones mauritanas desprovistas de vida y la excusa perfecta del «paro biológico» para justificar el silencio de las neveras. Hay algo profundamente houellebecquiano en ese viaje de los compradores al país africano, buscando un producto tangible y encontrando solo «castillos en el aire» y una cuenta bancaria hambrienta. El representante, imbuido de ese optimismo comercial que precede a la depresión, creyó en la alianza estratégica mientras J.B. solo contaba los días para que los 90.127,5 euros aterrizaran en su cuenta.
Al final, los 10.750 kilos de pulpo nunca fueron capturados porque nunca hubo intención de lanzar la red. La sentencia es un inventario de la decepción: dos años y medio de prisión y una multa de 1.080 euros por haber cobrado por un vacío absoluto. J.B intentó defenderse alegando que el dinero era para «poner a punto las instalaciones» y comprar piraguas tradicionales, un intento patético de añadir pintoresquismo a una transacción que nació muerta.
Noticia escrita por José L. Jiménez.. Editado y verificado por Raquel Molina. Información cruzada sin filtros institucionales. Este análisis no ha sido financiado por publicidad oficial ni condicionado por intereses de lobby.










