
El mercado de vehículos marítimos no tripulados (USV y UUV) se duplicará a 2.500 millones de dólares para 2034, transformando la guerra naval en un campo asimétrico. Esta tecnología, crucial para la vigilancia de plataformas petrolíferas y cables submarinos, representa una ventaja táctica para las armadas, pero se convierte en una amenaza inmediata para la seguridad del comercio global cuando cae en manos de actores no estatales. Las rutas a los puertos de Canarias están en jaque.
Este uso insurgente convierte los drones en una preocupación directa para las rutas comerciales que alimentan los puertos canarios, ya que un ataque exitoso a un buque o a un cable submarino puede interrumpir las cadenas de suministro críticas y generar picos de costes en el seguro de mercancías.
La siguiente frontera en la tecnología militar no se encuentra en el espacio aéreo, sino bajo la superficie. Expertos en defensa coinciden en que la próxima generación de aeronaves no tripuladas surcará los mares, con armadas globales invirtiendo masivamente en Vehículos de Superficie No Tripulados (USV) y Vehículos Submarinos No Tripulados (UUV). Este mercado, impulsado por la industria privada para inspeccionar y proteger infraestructura crítica como plataformas petrolíferas y cables submarinos, pasará de 1.100 millones de dólares a 2.500 millones de dólares en la próxima década. Para puertos logísticos como los canarios, que dependen de la seguridad de las rutas y la integridad de los cables de fibra óptica, este auge tecnológico es un arma de doble filo que exige nuevas estrategias defensivas.
La eficiencia que aportan estos «multiplicadores de fuerza» es innegable. Los USV, que pueden operar de forma semiautónoma y con un coste mucho menor que los buques tripulados, amplían dramáticamente el alcance de las fuerzas marítimas. Para las armadas africanas, con flotas pequeñas y extensas zonas económicas exclusivas, la inversión en esta tecnología se presenta como una solución pragmática para la vigilancia y la detección de amenazas en tiempo real. Sin embargo, tal como advierte Denys Reva, experto del Instituto de Estudios de Seguridad, la mera capacidad de detectar una amenaza no es suficiente; el verdadero desafío para las naciones con capacidades limitadas reside en la capacidad de respuesta ante ellas.
El conflicto de Ucrania ha servido como un laboratorio de guerra asimétrica que ha validado la efectividad ofensiva de los drones marinos. Sin una flota naval sustancial, Ucrania ha logrado forzar la retirada de la Flota rusa del Mar Negro occidental mediante el despliegue de drones kamikaze Magura V5. Con un coste mínimo, estos USV han destruido más de 20 buques rusos, un daño económico valorado en 2.000 millones de dólares. Este éxito sin precedentes refuerza la idea de que la «era de la guerra naval con drones» ha llegado, cambiando permanentemente la evaluación del riesgo para las armadas más grandes y sus activos de alto valor.
La cara más peligrosa de esta tecnología se manifiesta en la amenaza que representa para la seguridad del comercio global. En el Mar Rojo, los rebeldes Hutíes, utilizando drones marítimos y submarinos cargados de explosivos, han demostrado la facilidad con que actores no estatales pueden obtener una ventaja táctica asimétrica contra adversarios mejor equipados.
La respuesta de seguridad ha iniciado ya un «ciclo clásico de medidas y contramedidas». Analistas como Scott Savitz de la Rand Corporation predicen que las armadas se centrarán en mejorar las capacidades de sonar y detección de minas, e implementarán drones aéreos equipados con sensores para cazar y neutralizar los USV enemigos, posiblemente utilizando fibras que enreden sus hélices. No obstante, las ventajas defensivas serán efímeras, ya que los adversarios se adaptarán rápidamente. La irrupción de los vehículos no tripulados no es una tendencia pasajera; es un elemento central de la guerra naval futura que las armadas y los hubs logísticos, como Canarias, deben integrar urgentemente en sus matrices de riesgo.










