
En los salones alfombrados de Washington, el pragmatismo está desplazando a la ideología. La convocatoria de urgencia de la Administración Trump para sentar a Marruecos y al Frente Polisario esta misma semana no es un mero ejercicio de diplomacia rutinaria. Tras el estancamiento de las conversaciones en Madrid el pasado febrero, la Casa Blanca ha decidido tomar el control de los tiempos. El objetivo oficial es buscar una «solución justa y duradera», pero en los pasillos de la capital estadounidense, el aroma predominante no es el de la paz, sino el del gas natural.
La coincidencia cronológica es demasiado perfecta para ser ignorada por los analistas de riesgo. Justo cuando el Gasoducto Transahariano (TSGP) —el proyecto energético más ambicioso de África— se prepara para entrar en fase operativa tras el Ramadán, Estados Unidos presiona para estabilizar el flanco noroccidental del continente. Con una inversión de 13.000 millones de dólares y la capacidad de bombear hasta 30.000 millones de metros cúbicos anuales desde el Delta del Níger hasta las costas de España e Italia, el TSGP no es solo un tubo; es la nueva arteria de seguridad energética para una Europa desesperada por alternativas al suministro ruso.
El papel de Argelia en esta ecuación es fundamental y explica por qué Washington los ha convocado como observadores clave. Argel no solo lidera la gestión del proyecto a través de Sonatrach, sino que es el valedor histórico del Polisario. Para Argelia, el gasoducto que atraviesa Níger es una «alianza estratégica» que consolida su estatus como hub energético continental. Sin embargo, para que el flujo de capitales y gas sea constante, la región necesita una estabilidad que el conflicto del Sáhara Occidental, enquistado durante medio siglo, amenaza constantemente.
Por su parte, Marruecos llega a la mesa con una posición de fuerza renovada. La resolución de octubre del Consejo de Seguridad de la ONU, que insta a negociar bajo la propuesta de autonomía marroquí, es el marco que Washington está utilizando para forzar el paso. El Reino Alauita sabe que, en el nuevo mapa de infraestructuras que dibuja el TSGP, su control sobre la fachada atlántica y su estabilidad interna son activos que cotizan al alza en los mercados de capitales que financiarán el tramo final de la obra.
El silencio que rodeó el encuentro en Madrid y el secretismo absoluto exigido para las reuniones de este lunes en Washington sugieren que se están discutiendo contrapartidas de alto nivel. Massad Boulos, el hombre de confianza de Trump para la región, ha dejado claro que el compromiso es con un «futuro mejor». En términos de la Realpolitik que caracteriza a la actual Casa Blanca, esto suele traducirse en que la resolución de conflictos territoriales es el peaje necesario para que las grandes inversiones en infraestructuras de transporte y energía dejen de ser proyectos sobre el papel y se conviertan en realidades operativas.
África se prepara para abrir su corredor energético, y las piezas del tablero del Sáhara están siendo movidas por manos que miran más a los medidores de presión de los gasoductos que a los mapas de las excolonias. La integración regional que prometen Argelia y Nigeria depende de una paz que Washington parece dispuesto a imponer, o al menos a comprar, antes de que el primer metro cúbico de gas nigeriano toque suelo europeo.










