Julio de 1986. El horizonte marítimo de Las Palmas presenció uno de los capítulos más determinantes de la historia naval del archipiélago. El carguero Ángela Pando, una mole de acero de más de 250 metros de eslora que albergaba en sus entrañas 64.000 toneladas de mineral de hierro, acababa de abandonar las aguas protegidas del Puerto de La Luz. La Asociación Canaria de Cultura Marítima (Accumar) pidió este miércoles a Puertos del Estado un homenaje a los buzos de y funcionarios de Capitanía Marítima que salvaron de la catrástofe medioambiental de las islas.
Apenas unos minutos después de iniciar su travesía, un apagón eléctrico repentino dejó la embarcación sin gobierno ni capacidad de maniobra. La corriente empujó al coloso contra el roquedo abrupto de la península de La Isleta, donde la quilla encalló con un estruendo metálico que resonó en toda la costa.
El accidente no tardó en desencadenar una crisis sin precedentes. La amenaza inmediata de un vertido masivo de combustible mantuvo en vilo a las autoridades continentales e insulares. Las portadas de los periódicos de la época reflejaban la gravedad de un escenario que amenazaba el ecosistema marino y la operatividad de uno de los puertos estratégicos del Atlántico Medio.
La batalla contra la corriente

Ante la magnitud del desastre, el equipo técnico de la firma especializada José Luis Samper Sepúlveda S.L. asumió la dirección de los trabajos subacuáticos de emergencia. La misión requería sumergirse en una zona de alta peligrosidad, caracterizada por las fuertes corrientes del norte y un oleaje incansable que batía con fuerza contra la estructura del carguero.
Los buzos se adentraron en un entorno de visibilidad prácticamente nula para evaluar los daños estructurales. La tarea principal exigía la inspección minuciosa del casco y el sellado de vías de agua críticas que amenazaban con hundir la embarcación de manera inminente. Cada inmersión representaba un reto de ingeniería en tiempo real, donde la resistencia física de los operarios y la precisión de sus herramientas marcaban la diferencia entre contener el vertido o enfrentarse a un desastre ambiental irrecuperable.
El gigante que se convirtió en santuario
Durante semanas, los equipos de rescate desplegaron maniobras de tiro y aligeramiento de carga para intentar reflotar la nave. Las condiciones del mar y las graves fracturas en el fondo del barco hicieron imposible devolverlo a la superficie. Vencido por su propio peso y por la erosión marina, el Ángela Pando terminó por asentarse de forma definitiva en el lecho arenoso.
Con el paso de las décadas, la naturaleza marina reclamó el armazón de acero. Lo que comenzó como un siniestro naval de primera magnitud mutó en una estructura biofílica. En la actualidad, las ruinas sumergidas del mercante albergan un ecosistema vibrante donde se concentran bancos de chopos, viejas, bicudas y rayas de gran tamaño, posicionando a este pecio como uno de los puntos de inmersión más emblemáticos y estudiados de las Islas Canarias.
La consagración de la ingeniería subacuática
La gestión del desastre del Ángela Pando en aquel verano de 1986 marcó un punto de inflexión en la industria marítima local. La intervención demostró el alto nivel técnico y la capacidad de respuesta de los profesionales de los trabajos subacuáticos en Canarias. El suceso consolidó al Puerto de La Luz como un centro neurálgico en operaciones de auxilio, salvamento e ingeniería naval dentro de las rutas atlánticas. Aquella operación no solo evitó una catástrofe mayor mediante el control del combustible, sino que dejó una huella imborrable en la memoria colectiva de la isla y en el fondo del océano.










