
El dial de la Maxorata ha perdido su frecuencia fundamental. Cuentan que la muerte llega siempre en silencio, pero en el caso de Santiago Travieso se habrá encontrado con el inconveniente de una voz que no sabía callarse, pues sucede que hay hombres que están hechos de palabras como otros están hechos de huesos, y Santiago era uno de esos, un tejedor de ondas que durante medio siglo se dedicó a lanzar sonidos al viento de Fuerteventura para ver si así, por un azar del destino o de la sintonía, la gente empezaba a entenderse, o por lo menos a escucharse, que ya es mucho pedir en estos tiempos de sorda ceguera.
Nació en una capital que mira al mar y se fue a un desierto que mira al vacío, y de ese ir y venir entre orillas y dunas extrajo la certidumbre de que la radio no es más que una forma de compañía para los que están solos y una advertencia para los que se creen acompañados por el poder, de modo que cuando fundó su propia casa de palabras, esa Radio Sintonía que ahora queda huérfana de padre y de criterio, no hacía más que levantar un muro de aire contra la desmemoria y el silencio, ese silencio que ahora, por fin, se ha salido con la suya llevándose al hombre pero dejando, como sucede con los ecos en las cuevas, el rastro de una voz que todavía parece decirnos, buenos días a todos, menos a uno.
Santiago Travieso, el hombre que convirtió la radio en un contrapoder civil desde el rigor de la independencia, ha fallecido este 6 de mayo dejando un vacío que el periodismo canario tardará décadas en cubrir. Nacido en Gran Canaria pero forjado en la dureza del Sáhara y la complejidad de una Fuerteventura en pleno desarrollo, Travieso no fue solo un locutor; fue el arquitecto de una opinión pública majorera que aprendió a dudar y a debatir gracias a su micrófono.
Su trayectoria en Radio Las Palmas y Radio Cadena Española fue solo el preludio de su verdadera misión. Al aterrizar en Fuerteventura en 1987, entendió que la isla necesitaba una voz propia que no susurrara ante el poder. Desde la dirección de Radio Fuerteventura y más tarde con la fundación de Radio Sintonía en 1995, Travieso construyó un ecosistema mediático donde la actualidad se trataba con bisturí. Su obra cumbre, «La Tertulia: Con Criterio Propio», se mantuvo más de dos décadas en antena como el barómetro real de la política insular, un espacio donde el consenso no era una obligación, sino una conquista del diálogo.
El carisma de Santiago residía en su capacidad para ser, simultáneamente, el decano respetado y el polemista temido. Su mítica frase de apertura —«Buenos días a todos menos a uno»— era mucho más que un eslogan; era una declaración de principios sobre la vigilancia del poder. Travieso asumió con naturalidad el coste de la independencia, navegando entre presiones políticas y económicas sin soltar nunca el timón de su línea editorial. Su labor sindical y asociativa, desde la FAPE hasta la Asociación de la Prensa de Lanzarote y Fuerteventura, subraya su compromiso con una profesión que entendía como un servicio público de higiene democrática.
Fuerteventura despide a un pregonero, a un gestor cultural y, sobre todo, a un analista que supo leer la evolución del archipiélago desde la cabina de una emisora local con ambición global. Santiago Travieso se marcha con las botas puestas y el criterio intacto, dejando tras de sí una Radio Sintonía que es hoy el legado de un hombre que creía que la libertad de prensa se ejerce cada mañana, sin pedir permiso y, sobre todo, sin complacencias.
La señal de Santiago Travieso se ha desvanecido en el aire estático, ese espacio residual donde las ondas electromagnéticas dejan de emitir significado para convertirse en puro ruido de fondo. Al final, medio siglo de palabras, de denuncias y de tertulias políticas se disuelven ante la indiferencia geológica de una isla que seguirá soportando el viento y el sol mucho después de que el último transistor se haya apagado. Sus «buenos días a todos menos a uno» eran el pataleo final de un humanismo que aún creía en la relevancia de la voluntad individual frente a la inercia gris de las instituciones. Ahora, su voz de trueno es solo un rastro de datos en un archivo sonoro que nadie consultará, una vibración que se apaga mientras el turismo y la burocracia continúan su expansión mecánica y desalmada. Muere el hombre, pero la frecuencia queda libre para que otra voz, probablemente más dócil y mejor adaptada al mercado, ocupe el vacío de una libertad que ya no parece necesaria.










