
Bruselas tiene un problema de miopía geográfica. Su nuevo reglamento de control pesquero es el ejemplo perfecto de cómo una norma diseñada en un despacho climatizado de Bélgica puede destruir el sustento de una familia en La Restinga. Al exigir geolocalización y diarios electrónicos a embarcaciones que apenas superan los pocos metros de eslora, la Unión Europea no está protegiendo el mar; está expulsando de él a los únicos que lo han cuidado durante siglos: los pescadores artesanales.
La protesta en el muelle herreño no es un capricho nostálgico, es un grito de supervivencia. Para un pescador que sale cada día a jugársela en el Atlántico, que se le exija ser experto en software de monitorización en tiempo real es una barrera de entrada insalvable. Es la «burocracia del satélite» aplicada a quien pesca uno a uno, respetando los ciclos de la naturaleza y manteniendo viva la soberanía alimentaria de la isla más joven de Canarias.
Lo más sangrante es la hipocresía del sistema. Mientras la UE se llena la boca hablando de sostenibilidad y de apoyo a las Regiones Ultraperiféricas (RUP), impone las mismas reglas a un gigante industrial que a un pescador de El Hierro. Es una igualdad mal entendida que castiga al pequeño. Monitorizar por GPS a un artesano es como ponerle un tacógrafo a una bicicleta: una medida absurda, cara y profundamente injusta que solo sirve para engordar las estadísticas de control de Bruselas.
Desde el punto de vista de la política social, este reglamento es un acelerador de la Canarias vaciada. Si el sector primario muere por asfixia normativa, los pueblos costeros de El Hierro se convertirán en parques temáticos para turistas donde no quedará nadie que sepa lanzar un sedal. El Gobierno de Canarias y el Estado no pueden limitarse a «lamentar» la norma; deben exigir excepciones reales por nuestra condición RUP. No somos el Mar del Norte y nuestras barquillas no son fábricas flotantes.
En definitiva, la «modernización» que vende Europa suena a réquiem en los muelles canarios. Si no se frena esta locura tecnológica, la pesca tradicional pasará a ser una foto en un folleto de turismo, mientras los platos de nuestros restaurantes se llenan de pescado congelado importado. Bruselas debería recordar que la integridad del mar se defiende con los pescadores, no contra ellos.
Noticia escrita por Pedro Marrero. Editado y verificado por Gara Vega H. Información cruzada sin filtros institucionales. Este análisis no ha sido financiado por publicidad oficial ni condicionado por intereses de lobby.










