
Un empresario iluso del puerto de Las Palmas llamó el lunes por la tarde a Canarymaritime para informar de la inclusión en el orden del día de consejo del puerto de Las Palmas de este 23 de julio la operación mercantil entre Transcoma y Laskadiris Group en el Dique Reina Sofía. Era un secreto a voces que se iba a producir máxime, como informó Canarymaritime, con la deuda que una filial de Transcoma que este verano ha acabado en concursal. El proceso se ha acelerado. El próximo paso sería la venta e Hamilton donde ya hay consignataria canaria que ha contratado a una auditora para pedir una due dilligence y hacer una oferta por el negocio insular. El pasado 14 de julio Transcoma reeligió a Ildefonso Cordero como administrador único de la sociedad nacida en Tenerife en 1837.
Y es que el consejo de administración de Puertos de Las Palmas, donde buena parte de la clase política oye de soslayo mientras firma papeles electrónicamente y revisa el wasap, aprobará por unanimidad transferir una cotizada parcela de dominio público en el Área Funcional 6 no es un mero trámite administrativo entre dos mercantiles: representa el acto final de una partida de ajedrez corporativo que comenzó en 2019 y que consolida definitivamente el dominio del capital griego sobre la trastienda de la reparación naval en el Atlántico Medio.
Por tanto, se dará luz verde a la transmisión de los 8.076 metros cuadrados de suelo portuario titularidad de Hamilton y Compañía, S.A. a favor de Astilleros Canarios, S.A. (Astican), propiedad del grupo griego Laskadiris. La concesión, otorgada originalmente en febrero de 2019 para «reparaciones navales y terminal polivalente», se sitúa más espacio en la codiciada línea de atraque del Dique Reina Sofía. En una ironía del destino mercantil que no ha pasado desapercibida entre los consignatarios de La Luz, el principal polo de reparación de plataformas y buques del puerto, bajo el control operativo del grupo heleno Laskaridis, ya puede ostentar con propiedad técnica el nombre de Dique Reina Sofía de Grecia.
La historia de una marca blanca y un cerco estratégico
Para comprender el calado del traspaso hay que retroceder siete años. En 2019, el desembarco de Hamilton (integrada en el grupo Transcoma) en esa franja de terreno no respondió únicamente a una expansión natural de su volumen de negocio. ¿Qué pintaba una consignataria en ese negocio? Estorbar. En la trastienda de la dársena, los principales operadores leyeron el movimiento como una maniobra de bloqueo espacial: la utilización de una marca blanca afín al entorno de Laskaridis para interponerse físicamente en una parcela estratégica y taponar el crecimiento de competidores emergentes en el negocio de la reparación de buques.
Aquella adjudicación inicial desencadenó un violento choque de intereses. Hubo denuncias se adentraron en el laberinto de la jurisdicción contencioso-administrativa, quedando atascadas durante años en ese limbo judicial que suele jugar a favor de quienes ostentan el control físico del suelo. Ahí siguen.
De la parálisis a la rentabilización de la concesión
El tiempo ha terminado por dar la razón a la lógica del poder empresarial canario o de capital vasco, todo sea dicho Mientras la causa judicial vegeta en los tribunales, el uso efectivo de la superficie por parte de Hamilton sirvió para enfriar el mercado y mantener congeladas las aspiraciones expansionistas de los competidores de capital vasco o canario. Cumplido el desgaste temporal y neutralizada la amenaza de una alternativa real en la línea de muelle, el escenario ha quedado despejado para la ejecución del plan original.
Siete años después, Hamilton (Transcoma) «coloca» el activo a su destinatario natural: Grupo Laskaridis. Mediante la resolución que autoriza la transferencia de la concesión 15-C-1003, la huella industrial del grupo griego en el Dique Reina Sofía ‘de Grecia’ se expande sin oposición, absorbiendo no solo los talleres de reparación naval, sino también la operativa polivalente autorizada.
Un monopolio de facto en el enclave atlántico
Lo que en 2019 se presentó ante la opinión pública como una saludable diversificación de operadores privados mediante la entrada de Hamilton ha culminado, en 2026, en una concentración absoluta bajo el sello de Laskaridis. La jugada permite al magnate griego consolidar una posición de monopolio de facto sobre la infraestructura crítica de reparación pesada en Gran Canaria. Al integrar los 8.076 metros cuadrados de Hamilton en la estructura operativa de la multinacional griega, el grupo no solo optimiza sus sinergias de astillero, sino que invalida definitivamente los contenciosos legales acumulados en el camino: con el título formalmente transmitido y validado por la Autoridad Portuaria, las demandas judiciales de los competidores corren el riesgo de convertirse en un debate melancólico sobre hechos consumados. El negocio de las reparaciones navales en el Atlántico cambia así de fase. Las piezas han vuelto al tablero de origen.










