
El hambre no sabe de puertos, pero sabe mucho de esperas. Uno ha caminado por los muelles de este sur amargo de Tenerife, donde el cemento de Granadilla se levanta como un esqueleto que no termina de morir, y he visto a los hombres del mar masticar la rabia como si fuera tabaco sucio. Allí, entre el salitre y el óxido, se repite este mes de diciembre un nombre que suena a sentencia: Sebastián Calani Hotopf. Cuando el exceso de celo no es solo una molestia comercial, sino un riesgo geopolítico.
Fuentes empresariales señalan que el director de Operaciones al mando del puerto de Granadilla actúa en clave legionaria porque ha pasado de Santa Cruz a Granadilla y esa frustración la canaliza machacando a todo operador que ose a darle sentido al puerto con más futuro de Canarias (Magallanes sabía lo que hacía en 1519). Imagina ahora por un momento que un buque de la US Navy requiere ubicarse en Granadilla, como hizo Magallanes antes de llegar a la Patagonia, a efectos de saber qué materiales tecnológicos se están enviando por China al Sáhara bajo soberanía de Marruecos. O bien como refugio estratégico para una operación de respaldo a los cristianos de Nigeria. O bien por razones de vigilancia preventiva porque Rusia va a incrementar la guerra fría en África occidental. Y todo un cuartel general se encuentra con un ortodoxo que provoca que el buque que debía parar en Granadilla, a regañadientes, se marche a Agadir por la calentura que se trinca. En el Cuartel Kelley en Stuttgart, Alemania, se preguntarían seguramente que quién manda ahí.
Dicen que este hombre, que tiene en sus manos el destino de los barcos, es un sabio de lo invisible. Máster en Matrimonio por la Universidad de Cataluña, experto en afectividad y sexualidad por esa Francisco de Vitoria de Madrid —donde los hijos de los dueños del mundo aprenden a mandar mientras Aznar les susurra al oído—. Es extraño. Yo he conocido la vida en las alcantarillas y sé que cuando el estómago ruge o el motor de un buque se detiene, la «afectividad» es un lujo para los que no tienen las manos manchadas de grasa.
Calani, el orientador de familias, parece que ahora quiere orientar a los barcos hacia el abismo de la burocracia. Las consignatarias de Las Palmas, esas que conocen el lenguaje del dinero y el sudor, advierten a sus clientes que es mejor variar la ruta porque este técnico, presuntamente, les bombardea con trabas, con silencios que matan el comercio. Los gigantes de hierro necesitan discreción de cirujano, pero se topan con el muro de un hombre que quizá busca en el Puerto de Granadilla una pureza que el mar nunca ha tenido.
¡Qué ironía! Un experto en sexualidad y afecto que trata a la industria naval con el frío desprecio de un celador de hospital público. Los estibadores y los agentes de aduanas, gente que habla a gritos y bebe para olvidar el cansancio, esperan que Calani saque algo de ese amor que estudió en las aulas de los líderes de la derecha y se lo dé al puerto. Granadilla necesita pan, necesita movimiento, necesita que las grúas bailen bajo el sol. No necesita más másteres en moralidad familiar. Porque en el puerto, como en la calle, cuando la burocracia quita el trabajo, solo queda el pan amargo de la desesperación. Ojalá Calani aprenda que la mejor forma de afecto hacia su tierra adoptiva es dejar que los barcos atraquen, que la gente trabaje y que el puerto de Granadilla deje de ser un cementerio de sueños vigilado por un orientador que no sabe que el mar no tiene familia, solo tiene destino.










