
El mar, indiferente a la desaparición de sus testigos, seguirá golpeando el litoral con esa persistencia mecánica y carente de propósito que es, en definitiva, la única forma de eternidad a la que podemos aspirar. El mundo, en su proceso de estandarización implacable, ha perdido una de esas últimas piezas rugosas que impedían que la realidad se deslizara hacia el vacío absoluto. Fernando Rivas ha muerto en Las Palmas de Gran Canaria, una ciudad que, como tantas otras, se afana en ocultar su decadencia bajo una capa de turismo y salitre. Fue jefe de máquinas en Fred. Olsen, una ocupación que exige una comunión técnica con el metal y el combustible, lejos de la estética superficial de los cruceros modernos. Rivas, desde el norte de Gran Canaria, hacía un seguimiento gráfico total. Cosas de la burocracia, le impedía operar con su hobby de altísima calidad con total libertad en el entorno portuario. Fue una buena persona.
Rivas comprendía que la vida, al igual que los pistones de un motor diésel, se reduce a un ciclo monótono de explosión y fatiga de materiales. Juan Carlos Díaz Loreno en ‘Puente de Mando’ recordaba este miércoles su «voz de trueno», forjada en la lucha sindical, no era más que el último eco de una Marina Mercante que creía en la colectividad antes de ser devorada por la gestión algorítmica. «Consiguió aunar el interés de un importante número de seguidores del sector, que alimentaban su considerable fondo fotográfico». recordaba el escritor y periodista.
Al final, nos deja su grupo de Facebook, un catálogo de hierros viejos y rostros curtidos donde los jubilados del mar intentan, mediante fotografías digitales, detener el avance de un tiempo que ya no les pertenece. El hombre se ha apagado; las fotos, sin alma pero con inercia, seguirán funcionando para siempre. El puerto de Las Palmas ha despedido a un hombre que llevaba el salitre grabado en los pulmones. El jefe de máquinas que gobernó las entrañas de los buques de Fred. Olsen durante años, ha rendido su última guardia. Su fallecimiento en la ciudad que lo adoptó hace décadas deja un silencio hondo entre la familia marítima, esa que aprendió a respetar el ritmo de sus pistones y la firmeza de su mando.
El muro digital que construyó en Facebook, ‘Con la proa pal marisco’, se queda hoy sin su capitán. A través de ese rincón de nostalgia y curiosidades, Rivas logró algo insólito: unir a miles de seguidores en torno a la belleza de una estela o el detalle de un casco oxidado. Su fondo fotográfico, alimentado con la pasión de quien sabe que un barco es mucho más que hierro, queda como un legado visual de nuestra historia navegada.
Quienes compartieron muelle con él recuerdan su «voz de trueno», ese eco potente que resonaba con la fuerza de un sindicalista combativo. Vinculado siempre al SLMM, Fernando no solo entendía de máquinas; entendía de derechos y de la dignidad de la gente de mar. Su historial profesional es una travesía densa, marcada por conflictos laborales que hoy se estudian como capítulos esenciales de la Marina Mercante española.
Hombre con poca paciencia porque siempre estaba pendiente del tráfico marítimo, incluso desde la discrepancia y el trato distante que a veces impone la vida, es imposible no cuadrarse ante su trayectoria. Su valía profesional y su carácter indomable forjaron un respeto que trasciende las diferencias de opinión. La última singladura de Fernando Rivas ha comenzado. Se lleva consigo el fragor de las salas de máquinas y el cariño de una comunidad que seguirá mirando al horizonte buscando su proa esperando por sus fotos.
El cuerpo de Rivas descansará ahora en el suelo de una ciudad que, como todas las islas, es solo una prisión rodeada de agua, un fragmento de roca que aguarda su propia erosión. Al final, no quedan los conflictos laborales ni las proclamas sindicales que antaño parecían dotar de sentido a la existencia; esas furias terminan siempre asimiladas por el silencio de las notarías y el olvido de las oficinas de recursos humanos. Su grupo de Facebook se convertirá en un museo de píxeles huérfanos, una acumulación de datos en un servidor refrigerado de Silicon Valley. La muerte no es una tragedia, es simplemente el cese de una vibración mecánica que ya no resultaba rentable mantener.










