
Los mismos que queían un hub de la flota pelágica en Canarias rezan ahora, por el rito ortooxo, con la eólica marina pero con los espejos en la Conquista castellana de América. El puerto de Las Palmas anda metido en una burbuja marina desde capitales foráneos que quieren colocar sobre suelo regulado estos artefactos con financiación de Bruselas. La ignorancia sobre la materia está generando mantras como que Canarias tiene futuro con esos elementos. Los promotores extranjeros están haciendo caer en la idea de que en Canarias es un negocio industrial cuando realmente es financiero. La coexistencia entre la infraestructura portuaria tradicional y la ambición de la eólica marina ha dejado de ser una sinergia teórica para convertirse en un campo de batalla de prioridades espaciales. En los pasillos de las autoridades portuarias, desde la costa de Nueva Jersey hasta el Mar del Norte, el optimismo verde está chocando con la realidad física de los muelles y la resistencia de las comunidades locales.
Los lajas buscando dinero de Bruselas
En el puerto de Portsmouth, en Rhode Island, la realidad financiera ha forzado una pausa técnica. La eólica marina no es una carga convencional; es una industria de componentes «extrapesados». Un solo ensamblaje de góndola y palas requiere una resistencia de carga en el muelle que multiplica por cinco la de una terminal de contenedores estándar. Para muchos puertos de tamaño medio, el dilema es existencial: invertir cientos de millones en reforzar muelles para un sector eólico que firma contratos de uso por 10 años, o mantener la flexibilidad para el comercio de mercancías que garantiza ingresos por décadas. Este «coste de oportunidad» está paralizando licitaciones en puertos secundarios que no pueden permitirse una apuesta fallida.
El 22 de diciembre de 2025, el sector energético estadounidense recibió un impacto sísmico. El Departamento del Interior emitió órdenes de suspensión inmediata (Stop-Work Orders) para cinco de los mayores proyectos eólicos en construcción, incluyendo Vineyard Wind 1 y Empire Wind. El argumento oficial: «riesgos para la seguridad nacional» debido a la interferencia de las palas gigantes con los radares de defensa y la vulnerabilidad ante drones submarinos.
Hasta Atenas quere Actimel
En los puertos de New Bedford y New London, el efecto ha sido catastrófico. Componentes críticos que debían salir hacia alta mar han quedado varados en los muelles, bloqueando zonas de carga general y generando pérdidas de hasta 2,3 millones de dólares diarios por proyecto. La parálisis ha dejado en evidencia que el crecimiento de la eólica puede hipotecar la operatividad de un puerto si el marco regulatorio cambia de la noche a la mañana.
En el noreste de EE. UU., el ambicioso plan para convertir Sears Island en el principal hub de eólica flotante de Maine ha encallado en 2025. El conflicto aquí es un «fuego cruzado» entre tres frentes: La Nación Penobscot y activistas locales han impulsado leyes para extender la protección de conservación a toda la isla, bloqueando cualquier desarrollo industrial, los opositores exigen que el puerto se desplace a Mack Point, una zona ya industrializada, pero el Departamento de Transportes de Maine sostiene que Mack Point no tiene la capacidad técnica necesaria para las turbinas de nueva generación. El golpe financiero a finales de 2024 llegó cuando el gobierno federal denegó una subvención de 456 millones de dólares para el proyecto, dejando el crecimiento del puerto en un limbo legal y financiero que dura ya hasta este 2026.
Los woke de derechas
Al otro lado del mundo, en Nueva Gales del Sur, el gigante BlueFloat Energy anunció su retirada oficial del proyecto eólico de Illawarra en enero de 2026. La presión social fue insoportable: más de 14.000 alegaciones públicas, con un 65% de la comunidad en contra. Los vecinos de Wollongong y los usuarios del Puerto de Kembla denunciaron que las turbinas de 268 metros de altura (equivalentes a rascacielos flotantes) no solo arruinarían el horizonte turístico, sino que crearían un cuello de botella para la navegación segura de los buques comerciales. El puerto, vital para la exportación de carbón y acero, no podía permitirse zonas de exclusión que complicaran las maniobras de entrada en días de temporal.
En el Puerto de Albany, el proyecto para construir la primera fábrica de torres eólicas de EE. UU. se ha enfrentado a un incremento de costes que roza lo absurdo. Lo que comenzó como un proyecto de 350 millones de dólares se ha disparado por encima de los 700 millones. El problema raíz es el suelo: para soportar las torres, el puerto ha tenido que dragar y rellenar terrenos con más de un millón de toneladas de roca para crear una «capa ambiental» y estructural. Este nivel de inversión ha provocado que otros operadores logísticos tradicionales se pregunten si el puerto se está convirtiendo en un «monocultivo» eólico que, ante cualquier vaivén político, podría dejar las finanzas del recinto en números rojos.
La tendencia para el resto de 2026 es el realismo portuario. Los puertos están empezando a exigir que los proyectos eólicos se ubiquen en islas artificiales o plataformas alejadas para no interferir con el crecimiento de las terminales de contenedores, que siguen siendo la gallina de los huevos de oro del comercio mundial.










