
En los círculos de poder del Puerto de La Luz, la coherencia es un lujo que pocos pueden permitirse, especialmente cuando el pragmatismo financiero choca con la retórica de la soberanía industrial. La última representación de este drama atlántico tiene como protagonista al dueño de Astican, Panos Laskadiris, cuyo discurso este mes de diciembre de 2025 contra la «amenaza turca» ha alcanzado decibelios de ópera wagneriana. Sin embargo, al bajar el telón, la realidad es mucho más… otomana.
Resulta enternecedor observar cómo el dueño del establishment naval local agita la bandera del peligro que supone la influencia de Estambul en el mundo mientras, en la mesa de al lado, comparte el pan y la logística con Global Ports Holding. La multinacional turca, que comienza a gestionar con eficiencia de relojero la terminal de cruceros de Las Palmas, no es un invasor silencioso; es el socio preferente del entorno de Somar Capital (Maresa, Sepcan, medio Tecanvín). Es, en esencia, el invitado de honor que paga la cuenta mientras los anfitriones se quejan de su presencia.
Acero griego y simbolismo francés
Mientras en Canarias se pierden en el laberinto de las «amistades peligrosas» con el capital turco, en los astilleros de Lorient, Francia, en diciembre de 2025 se ha servido una lección de realismo geopolítico con guarnición de champaña. La ceremonia de entrega de la fragata Kimon a la Armada helena no fue solo un acto administrativo; fue una declaración de guerra… comercial y militar.
El ministro de Defensa griego, Nikos Dendias, flanqueado por la pompa de la República Francesa, ha recibido una joya de la ingeniería FDI Belharra que no solo lleva cañones, sino un mensaje. Y el padrino de la criatura no podía ser otro que Panos Laskaridis. El armador, que suele moverse por los pasillos del poder con la discreción de un submarino en cota de inmersión, ha decidido que este era el momento de emerger.
Laskaridis, con una hoja de servicios que incluye la donación de cinco barcos a su patria y más de 23 millones de euros en filantropía naval —incluyendo un millón para que los marineros enfermos de Atenas tengan una planta de hospitalización digna—, ha pronunciado las palabras que cualquier industrial canario envidiaría en sus sueños más húmedos: «Navego con la convicción de la victoria contra el enemigo de la nación».

La fragata contra los ferrys de cruceros de la tropa Erdogan
La ironía es tan espesa que se podría cortar con un soplete en el dique Reina Sofía. Por un lado, el modelo Laskaridis: un armador que invierte su fortuna en blindar su bandera contra el vecino del Bósforo, entregando el «Cañón Kontouriotis» como quien entrega las llaves de un cortijo bien protegido. Por otro, el modelo Las Palmas: un ecosistema donde se maldice a Turquía por la mañana mientras se firman acuerdos operativos con empresas de Estambul por la tarde.
El contraste es delicioso. Mientras la fragata Kimon pone rumbo a Brest para cargar sus sistemas de armas y prepararse para su llegada triunfal a Salamina en enero de 2026, en Las Palmas los «compañeros de viaje» de la ‘nueva’ élite portuaria siguen siendo los mismos que, en teoría, representan la gran amenaza para el sector de las reparaciones navales.
The bottom line
A veces, la obsesión no es más que una forma de marketing defensivo. Denunciar la competencia turca es una excelente manera de pedir protección institucional o subvenciones, siempre y cuando nadie mire demasiado de cerca quién gestiona los amarres de los cruceros o quién se sienta en el consejo de administración de las empresas de servicios portuarios. Laskaridis ha demostrado que, si realmente quieres luchar contra un enemigo, le regalas fragatas a tu país. En Las Palmas, de momento, se conforman con regalar titulares mientras siguen cobrando los dividendos que genera el capital de Ankara. Es, sin duda, una forma mucho más rentable de ser patriota.










