
Hay hombres que no solo ocupan los cargos, sino que terminan por confundirse con el paisaje. Este domingo, bajo el cielo de La Laguna, Tenerife ha despedido a uno de esos arquitectos de su realidad actual. Más de un centenar de personas se congregaron en la Iglesia de La Concepción para dar el último adiós a Ricardo Melchior, fallecido este sábado a los 78 años, en una ceremonia que ha servido para certificar el vacío que deja en el corazón político y portuario del archipiélago.
El féretro, envuelto con la bandera de la isla que gobernó durante 14 años, entró en la parroquia matriz escoltado por la Policía Local y un mar de coronas de flores. En los bancos, el silencio unía a quienes fueron sus aliados y a quienes fueron sus rivales. Allí estaba el presidente de la Autoridad Portuaria de Santa Cruz de Tenerife, Pedro Suárez, además de funcionarios e integrantes de la comunidad portuaria de Tenerife.
Melchior fue también el hombre que tomó el timón de la Autoridad Portuaria de Santa Cruz de Tenerife entre 2015 y 2018. Bajo su mandato, los muelles tinerfeños vivieron años de transformación y desafíos estratégicos que hoy forman parte de su herencia pública. Por eso, el luto oficial de dos días decretado por el Cabildo y las banderas a media asta no son solo un gesto institucional, sino el reconocimiento a un referente que amó a su tierra «desde el compromiso, el diálogo y el trabajo constante», como recordó un Fernando Clavijo visiblemente afectado.
El jefe del Gobierno de Canarias estuvo con la familia de Melchuor junto a la actual titular del Cabildo, Rosa Dávila; y amigos personales de una lealtad inquebrantable como Ana Oramas. También alcaldes, senadores y expresidentes insulares de distinto signo político, como José Segura o Pedro Martín, todos conscientes de que hoy se cerraba un capítulo de la historia de la Transición tinerfeña.
La homilía del párroco Miguel Ángel Navarro no fue un protocolo vacío. Fue un retrato. «Ricardo era como el Teide, presente en toda la isla», afirmó el sacerdote, destacando esa dualidad que definió a Melchior: la precisión técnica del ingeniero industrial y la astucia del animal político. Se recordó su «inteligencia para pensar en grande», una visión que le permitió sacar adelante proyectos hoy imprescindibles, como el tranvía de Tenerife, a pesar de las críticas feroces que enfrentó antes de que la primera unidad se pusiera en marcha.
El cura recordó cómo Melchior aparecía con frecuencia en entierros de pueblos pequeños, despidiendo a vecinos anónimos independientemente de su estatus social. Ese hombre que hablaba de energías renovables cuando casi nadie lo hacía, era el mismo que estrechaba la mano al campesino y al estibador con la misma naturalidad. La ceremonia concluyó con un aplauso espontáneo que rompió la solemnidad del templo lagunero. Fue el último agradecimiento de una isla a un ingeniero que no solo proyectó puentes y vías, sino que construyó una identidad política moderna para Tenerife. Con su marcha, el negocio portuario y la administración pública pierden a un guía, pero ganan un referente histórico que ya descansa bajo el suelo de la ciudad que lo vio partir.










