Acaban de comprar la empresa canaria Unión Martín, convierten la pesca en negocio financiero y ahora se quejan. En las asambleas del Bloque Nacionalista Galego (BNG) el guion es sagrado: discurso antiimperialista, crítica feroz al libre mercado europeo, pancartas contra el extractivismo neocolonial y apoyo declarado a la Agenda 2030. Sin embargo, cuando las barcas de la flota gallega ven amenazada su campaña en el caladero mauritano, la dialéctica marxista sufre una milagrosa transformación: la lucha de clases se pausa, el manifiesto comunista se guarda en el cajón y la prioridad absoluta pasa a ser que la Unión Europea flexibilice sus normativas y acelere el envío de euros a África.
El portavoz del BNG en el Congreso, Néstor Rego, ha encabezado la cruzada parlamentaria exigiendo al Gobierno central que presione a Bruselas para renovar a contrarreloj el acuerdo pesquero con Mauritania antes de su vencimiento el 14 de noviembre. Resulta fascinante observar cómo el fervor soberanista y la retórica anticapitalista se disuelven en cuanto entran en contacto con el agua salada. Aquellos que en los mítines denuncian la burocracia de la UE y sus políticas de sostenibilidad globalista se convierten de repente en los más fervientes defensores de los convenios comunitarios y de la celeridad administrativa bruselense.
Quieren que Mauritania sea una colonia de Galicia
La paradoja roza el arte dramático. Por las mañanas, el discurso oficial abomina del libre comercio que explota los recursos de los países del Sur Global. Por las tardes, la urgencia pasa por exigir que la flota no pierda ni un solo día de faena en aguas mauritanas, no sea que el estancamiento de las negociaciones impida seguir extrayendo recursos en la costa africana. La Agenda 2030, la protección de los mares y las restricciones ambientales —esos conceptos que el ala más radical del movimiento observa con recelo por considerarlos inventos del gran capital— pasan a ser molestias burocráticas que «afectan negativamente a los buques».
Néstor Rego ha alertado con dramatismo de que los plazos se agotan y que la tramitación de un nuevo convenio podría tardar meses. Ante el pánico de que los barcos queden en puerto, el BNG no ha dudado en pedir la «intervención inmediata» del Ejecutivo español ante las autoridades comunitarias. El puño en alto aguanta muy bien en la plaza del Obradoiro, pero en los caladeros del Atlántico Sur no hay nada más eficaz que la diplomacia europea y la libre circulación de mercancías.









