Hay ausencias que caen sobre el pecho como una losa de plomo, hundiéndonos en el desamparo más hondo, allí donde ya no sirven las palabras ni los recuerdos porque la muerte ha entrado a saco en la casa de la vida, llevándose para siempre la mano tibia de Francisco, Paco, Santana; y duele hasta desgarrar el alma pensar en el silencio frío que ahora habita junto a Teresa, en el temblor ciego de las lágrimas de sus hijas que buscan inútilmente su abrazo en la penumbra de los rincones, y en ese niño viejo que se nos ha muerto muy despacio, con las manos todavía gastadas por el hierro de los muelles y el polvo amargo de los caminos, sabiendo que ya nunca más volverá a encenderse la luz de sus ojos en la mesa de sus colegas en el mundo portuario canario, abandonando a todos a esta intemperie tan infinita, tan cruel y tan huérfana donde el mar sigue rugiendo su indiferencia contra las piedras y la tierra se traga, sin piedad ni memoria, lo único verdaderamente hermoso que teníamos.
Francisco ‘Paco’ Santana (1940-2026) sintetizó como pocos la mutación económica que experimentó Canarias durante la segunda mitad del siglo XX, transitando desde la economía de subsistencia de la posguerra hasta la globalización de los mercados industriales pesados. Su fallecimiento a los 86 años en Las Palmas cierra la biografía de un empresario atípico que desconfiaba de los despachos portuarios y fiaba su éxito a la dureza del terreno y al peso de la palabra dada.
Nacido en el pago montañoso de Arbejales, en Teror, Santana heredó el pragmatismo de sus mayores. Nieto de un albardero, interiorizó desde la infancia un principio que repitió como un mantra a lo largo de su vida adulta: el rigor del esfuerzo diario y la aceptación de las cargas necesarias para sostener el rumbo. Esa ética de trabajo dictó un inicio precoz en el mercado laboral. Con catorce años, el joven Paco abandonó las aulas para ingresar como aprendiz en Finanzauto, el histórico distribuidor de maquinaria Caterpillar. Durante 24 años, compaginó el aprendizaje mecánico diurno con los estudios nocturnos, ascendiendo peldaño a peldaño hasta alcanzar puestos de dirección en una compañía que medía su solvencia en toneladas de acero y potencia hidráulica.
A finales de la década de los 80, impulsado por la sugerencia de emprender en solitario, abandonó la estructura corporativa para fundar su propia actividad importadora. Su olfato comercial sintonizó de inmediato con la construcción y el desarrollo portuario que transformó Las Palmas durante suministrando el parque móvil pesado que excavó los cimientos de grandes infraestructuras sólidas que hoy conocemos. Sin embargo, el estallido financiero de 2008 evidenció la fragilidad de un modelo monocultivo y obligó a Santana a mirar más allá del archipiélago.
Su respuesta a la contracción del mercado interior fue audaz. Aprovechando los contactos comerciales que mantenía con la flota pesquera atunera atracada en el puerto mauritano de Nuadibú, cruzó el continente para adentrarse en la explotación minera de África occidental. En Mauritania y Guinea, un territorio donde las infraestructuras brillaban por su ausencia, construyó desde cero canteras auríferas, campamentos y talleres mecánicos para multinacionales de la talla de Red Back Mining y First Quantum Minerals. A través de su firma Canarylog, llegó a movilizar plantillas de hasta cuatro centenares de trabajadores y facturaciones anuales en torno a los veinte millones de euros, compitiendo en la exportación masiva de insumos industriales y minerales a escala transcontinental.
Pese a manejar flotas de camiones gigantescos y operaciones extractivas donde la rentabilidad se medía en miligramos de oro por tonelada de roca, Santana mantuvo siempre la perspectiva del artesano de Arbejales. Consideraba que su verdadero activo no cotizaba en bolsa, sino en la red de afectos cultivada durante décadas. Pocos meses antes de su muerte, reunía a un centenar de amigos en un establecimiento de la capital para celebrar su aniversario junto a su esposa Teresa, sus hijas Cristina y Paola, y su nieta Lucía. Lejos de los protocolos solemnes, el empresario reclamó una despedida guiada por la ligereza y el recuerdo festivo de la camaradería. Con su marcha, la burguesía industrial de las islas pierde a uno de sus referentes más genuinos: un operador global que nunca olvidó el sonido del yunque ni el valor de la amistad sincera.
Y tal vez, cuando ya se hayan apagado todas las luces de los muelles y el último eco de los motores se pierda para siempre en la inmensidad oscura del océano, Paco Santana vuelva por fin a ser aquel muchacho descalzo que subía de noche por los caminos de Teror, con el frío de la cumbre en los bolsillos y las manos manchadas de una grasa que ya ninguna baraja de la vida podrá limpiar; y entonces, libre por fin de los camiones, del oro de Mauritania y de las fatigas del mundo, se detenga un instante a mirar las estrellas, buscando con los ojos cansados el rostro de Teresa en la bruma, sabiendo, ahora sí con absoluta certeza, que la única patria verdadera que nos rescata del olvido es el calor de una mano amiga que nos acompaña, en silencio, hasta la última orilla de la noche.










