
El muelle tinerfeño ha vivido este jueves una jornada que marca un antes y un después en su jerarquía interna. El personal de tierra, vamos a llamarlo de esa forma porque no están en las alturas —técnicos, administrativos y operarios de servicios— ha roto el tradicional «mando en plaza» de la derechona estibadora, dejando al colectivo de la estiba completamente descolocado. El jueves no solamente estaría cabreado el presidente del puerto de Tenerife, Pedro Suárez, que le ha cogido la movilización fuera de España, sino los estibadores. Dicho esto, en Las Palmas los estibadores cobran sus 8.800 euros netos de media al mes.
La mano izquierda de Suárez, todo sea dicho de paso. se notó por no vetar el acto. Y ojo que esto no es un tema baladí, que en 2024 en Las Palmas la Autoridad Portuaria prohibió nada menos que una asamblea del CSIF, central al borde de cumplir medio siglo en España. El caso es que mientras los sindicatos de estibadores solían ser los únicos capaces de hacer temblar los cimientos de la Autoridad Portuaria, esta vez ha sido el personal de base quien, con una protesta cargada de simbolismo y «kits de limpieza», ha tomado la iniciativa para denunciar la degradación institucional del puerto.
Este movimiento ha generado un cortocircuito en el tablero habitual del estatus quo. Los estibadores, acostumbrados a que toda la atención mediática y política gire en torno a sus convenios y movimientos, se han encontrado con un «fuego amigo» que no esperaban. La denuncia del personal de tierra sobre las «decisiones sucias» en favor de Las Palmas pone el foco en la gestión técnica del puerto, un terreno donde la estiba pierde peso y donde los operarios de tierra han demostrado tener un relato mucho más conectado con la supervivencia real de la industria frente al empuje de Las Palmas.
La estiba asiste con perplejidad a cómo el personal de tierra ha sido capaz de articular una crítica que va mucho más allá del salario: han denunciado la falta de personal en Capitanía y el «horario de oficina» que está regalando los clientes a Gran Canaria. Al hacerlo, han despojado a los estibadores de su papel de «guardianes del muelle», demostrando que de nada sirve tener el control de las grúas si no hay barcos que descargar por culpa de una burocracia ineficiente. Este cambio de papeles ha dejado a los líderes tradicionales de la estiba sin una respuesta clara, viendo cómo el personal de tierra les adelanta por la derecha en la interlocución social.
La protesta es una enmienda a la totalidad al sistema de influencias que ha imperado en Santa Cruz. Al señalar la gestión «deficiente» como los verdaderos culpables de que Tenerife sea un «puerto satélite», el personal de tierra ha fracturado el bloque de unidad portuaria. Los estibadores, descolocados ante este nuevo actor político, deben ahora decidir si se suman a esta limpieza de la gestión o si quedan relegados a ser meros espectadores de un puerto que, según sus compañeros de tierra, se desangra por las decisiones de una dirección que no distingue un roto de un descosido.










