
Beatriz Calzada ha decidido que el despacho en el Puerto de Las Palmas se le quedaba pequeño y se ha marcado un tour que deja en ridículo a cualquiera de sus ocho antecesores. En solo siete días, la presidenta de la Autoridad Portuaria de Las Palmas ha pisado Estados Unidos, Brasil y Guatemala, demostrando que para ser un ‘hub tricontinental’ primero hay que gastar mucha suela de zapato y acumular una cantidad de puntos de viajero frecuente que, BOE en mano, pertenecerían al Estado.
La primera parada fue Miami, esa ciudad donde el sector de los cruceros se reúne para decidir qué puerto será el próximo en sufrir el desembarco de miles de turistas en bermudas. Calzada ha vuelto con el trofeo: Las Palmas será la sede de la Seatrade Cruise Med 2026. Tras cerrar 2025 con dos millones de cruceristas —esa cifra que tanto gusta a las estadísticas y tan poco a los que intentan caminar por la calle Triana—, el puerto grancanario se confirma como el destino favorito de los barcos que son más grandes que los propios pueblos que visitan.
Sin tiempo para deshacer la maleta, Calzada aterrizó en São Paulo. En la feria Intermodal South America, la delegación canaria se dedicó a explicarle a los brasileños que, si quieren enviar algo a África, lo mejor es dar una vuelta por Gran Canaria. La idea es convertir el Puerto de La Luz en el ‘puente’ necesario para que el comercio Sur-Sur no se pierda por el camino. «Nuestro objetivo es conectar Brasil con África de forma más directa», afirmó la presidenta, mientras los operadores brasileños intentaban situar en el mapa ese punto estratégico que promete optimizar sus cadenas de suministro entre caipirinha y caipirinha.
El fin de la rura tuvo lugar en Antigua, Guatemala, bajo el amparo de la ONU. Allí, en un entorno que invita más a la meditación que a la gestión de muelles, Calzada dio una lección magistral sobre cambio climático. Ante 150 representantes latinoamericanos, sentenció que adaptarse al apocalipsis medioambiental «no es una opción, sino una condición». Una frase para recordar que los puertos ya no son solo sitios donde se apilan contenedores, sino sistemas críticos que deben aprender a flotar —literalmente— si quieren seguir siendo competitivos en el nuevo orden digital.
Este maratón diplomático deja algo claro: el Puerto de Las Palmas ya no aspira a ser una simple gasolinera en medio del océano. Ahora quiere ser el taller del mundo, el salón de eventos de las navieras y el gurú de la sostenibilidad, todo a la vez y en tres zonas horarias distintas. La ‘diplomacia portuaria’ de Calzada ha puesto a las islas en el mapa, aunque sea a costa de que la presidenta necesite un mes de vacaciones para recuperarse del jet lag institucional.










