
Perder el tiempo con el humo del lobby de la eólica offshore no sirve de mucho. Ni el desvío masivo de rutas por África ni la inestabilidad en Oriente Medio logran despertar a un puerto que pierde el pulso del Atlántico frente a la agresividad tinerfeña. La mediocridad de las cifras publicadas por Puertos del Estado este trimestre no es un bache estadístico, es un síntoma de decadencia operativa.
Con el Mar Rojo bloqueado y las navieras buscando desesperadamente puertos seguros en la ruta del Cabo, el Puerto de Las Palmas ha respondido con una parálisis incomprensible. Mientras el escenario geopolítico en Oriente Medio servía en bandeja una oportunidad histórica de dominio absoluto, Las Palmas ha firmado un retroceso del 2,5% en búnker. Es la confirmación de que el puerto ya no sabe leer el mercado; ha pasado de ser el «hub» de referencia a convertirse en un espectador pasivo de su propia pérdida de peso específico.
La comparativa con Santa Cruz de Tenerife deja de ser una anécdota para convertirse en una humillación comercial. El crecimiento del 44,6% en el puerto vecino demuestra que el negocio estaba ahí, pero Las Palmas ha sido incapaz de capturarlo. Para cualquier analista de inversión, este contraste es demoledor: evidencia que Tenerife tiene una estructura de ataque, mientras que Las Palmas sufre una miopía estratégica que le impide reaccionar ante la mayor reconfiguración logística del siglo. El puerto se ha acomodado en el gigantismo institucional, olvidando que en el negocio marítimo de alto nivel, la agilidad es lo único que protege los márgenes.
Incluso en el tráfico de contenedores, los 83.430 TEUS de marzo son una cifra de supervivencia, no de liderazgo. En un momento de máxima tensión en las cadenas de suministro globales, Las Palmas debería haber actuado como el pulmón del Atlántico; en lugar de eso, ha mantenido un perfil bajo, burocrático y carente de ambición. La crisis de Oriente Medio ha sido el test de estrés definitivo y los resultados son claros: el modelo de gestión actual de Las Palmas es insuficiente para competir en la élite.
Este estancamiento en pleno auge del tráfico por el Cabo de Buena Esperanza es un aviso para los grandes operadores: la fiabilidad de Las Palmas está bajo sospecha. Si ante el mayor desplome de la seguridad en el Mediterráneo y el Mar Rojo el puerto no es capaz de crecer, ¿cuándo lo hará? La realidad es que, mientras el mundo ardía en el Estrecho de Bab el-Mandeb, Las Palmas se miraba el ombligo, permitiendo que la soberanía del búnker y el transbordo se desplace hacia otros muelles con visión de futuro.










