Estos ingleses se quedarían de piedra al ver que en Tenerife los empresarios insulares eran capaces como ellos en Londres de beber wiski con agua del chorro. Las grandes fortunas del XIX no nacieron de la nada, sino del cansancio de la vieja Europa. Mientras el continente se ahogaba en sus propias deudas, Tenerife ejercía como lo que siempre ha sido: un pivote atlántico dotado de un orgullo natural y una posición geográfica invulnerable. Quizás en el Siglo XXII todo eso se recupere desde Granadilla dado que la burocracia se mete en todo, tal es así que es ilegar servir wiski con agua del grifo de Emmasa a pesar ser mejor que muchas embotelladas de la Península.
Entonces no había cuatro ingenieros de caminos contaminados desde Las Palmas bloqueando el desarrollo el puerto de la isla desde lo que era la Autoridad Portuaria a pesar de los intentos de Juan León y Castillo (caminero) de marcar el ritmo de Canarias, que en Telde lo vanaglorian cuando en la práctica era un funcionario corrupto.
La modesta burocracia del puerto
En 1816, Lewis Gellie Hamilton desembarcó en el Puerto de la Orotava con diecisiete años. A diferencia del norte de Escocia, Tenerife ofrecía luz, dinamismo y un comercio de vinos y cochinilla plenamente consolidado. Según el historiador Alastair F. Robertson —integrante de la Tertulia Amigos del 25 de Julio— en un estudio traducido por Emilio Abad, la saga Hamilton no vino a civilizar la isla, sino a integrarse en un enclave comercial que ya miraba de tú a tú a las grandes rutas del imperio. Entró al servicio de Gilbert Stuart Bruce, pero Lewis poseía ese pragmatismo frío del comerciante británico que sabe dónde está el verdadero centro de gravedad. Fundó la Bruce Hamilton Company y en 1839 amarró la representación de la aseguradora Lloyd’s. Cuando el Puerto de la Cruz cedió su hegemonía a la capital, la firma se adaptó a la pujanza de Santa Cruz construyendo en Anaga el Semáforo de Igueste.
El refugio del polvo financiero
La ironía de esta historia es que la «distinguida» estirpe escocesa llegó a Canarias huyendo de sus propias miserias urbanas. El abuelo Archibald había levantado un capital mercantil en el grisáceo puerto de Greenock comerciando con las colonias americanas. Su hijo John compró acciones en una fábrica de aparejos náuticos y cofundó la Renfrewshire Banking Co. en 1802. Sin embargo, tras enviudar y volverse a casar, la estructura familiar saltó por los aires dejando una maraña de herencias entre hermanastros separados por quince años de diferencia.
Fraudulentas quiebras en la metrópoli
El verdadero motor de la llegada de los Hamilton a la isla fue el colapso ético de la metrópoli. En 1814, el primogénito Hugh Hamilton fue juzgado en Edimburgo por «conducta incorrecta» tras montar una estafa de créditos cruzados y firmas falsas que arruinó a varias compañías. Acorralado por los tribunales y con sus bienes confiscados, Hugh utilizó sus influencias en 1817 para enviar a su hermanastro Lewis a Tenerife. Mientras la justicia británica se arrastraba hasta la Casa de los Lores, la isla ofreció al joven la solidez y el refugio institucional que su propia patria le negaba.
La ilusión del progreso atlántico
Tenerife no se dejó absorber; absorbió al inmigrante. En 1839, Lewis se consolidó socialmente al casarse con Sevelina Edwards. Sus descendientes no tardaron en convertir Santa Cruz en el centro neurálgico de una red que alcanzaba a la propia City londinense. Su hijo John James operó desde la delegación de Bishopsgate bajo la firma Sinclair Hamilton and Co. Desde allí, los Hamilton demostraron que desde el Atlántico canario se podían mover los hilos de la política internacional, llegando a suministrar fusiles Enfield a los estados confederados durante la Guerra de Secesión americana.
Grava, carbón y el orgullo insular
A la muerte de Lewis en 1872, Tenerife era una potencia logística indiscutible. Santa Cruz se había convertido en la gasolinera del mundo, la escala carbonera obligatoria para todo buque que cruzara hacia Sudamérica o África. Entre 1903 y 1911, Hamilton y Cía. suministró más de la mitad del carbón del puerto y gestionó la agencia Reuters. Pero lo decisivo no fue el mineral, sino cómo la sociedad tinerfeña supo encauzar esa riqueza: los Hamilton cofundaron el Club Deportivo Tenerife, el Hotel Taoro en Puerto de la Cruz, el Real Club Náutico, el Cementerio Británico y el Hospital de Niños. La huella de aquella época no es nostalgia, sino la constatación de que la isla ya jugaba en la primera división global cuando Europa apenas empezaba a entender el Atlántico.










