
Para entender por qué el Reino Unido ha decidido que el plan de autonomía marroquí para el Sáhara es «pragmático», no hay que mirar a la política moderna, sino al Tratado de Fez de 1721. Mientras en Canarias nos preocupábamos por si las exportaciones de malvasía llegaban a Londres, el rey Jorge I y el sultán Moulay Ismail ya estaban repartiéndose el mapa con una alegría cartográfica envidiable. Lo mismo que quieren hacer en 2026 con base logistica en el puerto de Las Palmas-
La historia nos enseña que la alianza anglo-marroquí no es una conspiración moderna, es un mueble antiguo que han vuelto a barnizar. Desde los tiempos de El Idrissi hasta las prospecciones actuales de minería submarina en territorios de Canarias, la soberanía sobre esa franja de arena ha sido el juguete de las potencias. Mientras tanto, en las islas, seguimos mirando al Este con la sospecha de que, cada vez que Londres y Rabat brindan, el vino lo pagan los isleños.
En aquel 1721, los británicos, siempre prácticos y con un ojo puesto en la seguridad de sus rutas hacia Guinea, decidieron que Moulay Ismail no era solo un sultán de ciudades imperiales, sino el soberano de «todo el Oeste de África». Fue un reconocimiento low cost: a Londres no le costaba nada darle el Sáhara sobre el papel a Marruecos a cambio de libre comercio y protección para sus barcos. Para Canarias, esto fue el primer aviso de que, en el tablero atlántico, las potencias prefieren un gendarme en la costa africana que un vecino incómodo reclamando derechos de pesca o jurisdicción.
1895: El pelotazo de Cabo Juby
Saltamos a finales del XIX, la época dorada del imperialismo de salón. Un aventurero llamado Donald MacKenzie fundó un puesto comercial en Tarfaya (Cabo Juby), justo frente a Fuerteventura. ¿Qué hizo Londres cuando el negocio no fue tan boyante como esperaba? Se lo vendió al Sultán en 1895 mediante un tratado donde, negro sobre blanco, Gran Bretaña declaraba que las tierras entre el Oued Drâa y el Cabo Bojador pertenecían a Marruecos.
Fue el golpe de gracia diplomático. Con esa firma, los británicos no solo protegían sus intereses comerciales con un arancel del 10%, sino que sellaban la suerte del Sáhara Occidental mucho antes de que España se dignara a tomarse en serio su presencia allí. El acuerdo de 1895 decía explícitamente que nadie más debía reclamar esas tierras. Un mensaje directo a Madrid y, de rebote, una soga al cuello para la seguridad jurídica de las aguas canarias.
La amnesia histórica
Lo más fascinante (y ácido) de esta historia es el Tratado Secreto de 1904. Gran Bretaña, que llevaba dos siglos jurando que el Sáhara era marroquí, cambió de opinión en una tarde de té. Le entregó Marruecos a Francia a cambio de que los franceses les dejaran las manos libres en Egipto. Y para que España no molestara demasiado, le dejaron las «sobras»: una esfera de influencia en el sur.
Hoy, en pleno 2026, vemos al Reino Unido volviendo a sus raíces de 1721. El interés británico por respaldar a Marruecos en el intento de controlar la mediana de Canarias no es una novedad; es el regreso al statu quo que ellos mismos inventaron. Para Londres, el Sáhara siempre ha sido una moneda de cambio, y Marruecos, un socio comercial sólido. ¿Canarias? En Londres, Canarias sigue siendo ese lugar encantador con buen clima donde se puede ir de vacaciones, pero cuya soberanía sobre las aguas circundantes es un «detalle técnico» que no debe estorbar a la gran diplomacia del eje Londres-Rabat.










