
La presidenta de la Autoridad Portuaria de Las Palmas, Beatriz Calzada, la saludó con el pulso de la lealtad. Bajo la cúpula de cristal del ‘Deep Sea’, en el Puerto de Las Palmas, allí donde el océano se hace ventana y el silencio se vuelve oración, la Reina Doña Sofía ha recibido este jueves el abrazo de Canarias. En el corazón del Poema del Mar, ese templo de la vida que es orgullo de Las Palmas, la soberana emérita ha sido coronada con el Premio Gorila. No es un galardón más en el joyero de una vida ejemplar; es el reconocimiento a una sensibilidad superior, a una trayectoria de décadas donde la protección de los ecosistemas heridos ha sido, para ella, una misión de Estado y una exigencia del alma.
Doña Sofía, flanqueada por Fernando Clavijo y por ese capitán de la empresa que es Wolfgang Kiessling, ha presidido una ceremonia cuajada de autoridad y de afecto. Tras el velo de tristeza por la pérdida de su hermana, la Princesa Irene —cuyo recuerdo sobrevoló la sala como una brisa helénica—, la Reina ha vuelto a la primera línea del compromiso. Y lo ha hecho rodeada de la ciencia y de la fe, con los obispos de las dos diócesis canarias y la plana mayor de la política isleña rindiendo pleitesía a quien ha sabido situar el drama del medio ambiente en el centro del debate público.
La oratoria de la tarde, vibrante y certera, ha desgranado los hitos de una vida consagrada al amor por los seres creados. Se recordaron los osos panda de China, los asnos de la Zarzuela y ese cementerio de mascotas donde la Reina deposita su memoria más íntima. Pero la mirada de Doña Sofía está puesta en el futuro. Así lo confirmó Christoph Kiessling al anunciar el nuevo proyecto que, bajo el amparo de la Fundación Reina Sofía, escuchará el latir del Estrecho de Gibraltar mediante sensores acústicos, buscando una verdad científica que proteja a las especies de la voracidad de los tiempos.
Es este jueves, en definitiva, el preludio de un viernes histórico donde la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria la investirá como doctora ‘honoris causa’. Pero antes de la toga y el birrete, ha sido la placa de plata y el cristal del acuario los que han testimoniado su paso. Doña Sofía, referencia global y luz de esperanza para la biodiversidad, deja en las Islas la huella de una Reina que no solo reina sobre los hombres, sino que vela, con una ternura casi religiosa, por el derecho a la vida de cada criatura que habita este planeta herido. Canarias, hoy más que nunca, es el puerto seguro de su magisterio ambiental.










