
Es este jueves, bajo la luz atlántica que todo lo redime, cuando la Reina Doña Sofía volverá a pisar la tierra volcánica de Gran Canaria, en una visita que tiene algo de reencuentro místico con la geografía que custodia su nombre. Vuelve la Reina al Puerto de La Luz, allí donde el Muelle Reina Sofía —esa hercúlea columna vertebral de cuatro kilómetros y pico de largo— se adentra en el océano como una lanza de hormigón y abrigo para proteger la soberanía económica de las Islas. Recibirá el Premio Gorila 2024, nacido de la visión de ese gran capitán de la empresa que es Wolfgang Kiessling, en un acto que reconoce a una mujer que ha hecho de la defensa de la vida —esa biodiversidad herida— el eje de su silenciosa y fecunda magistratura.
La presencia de Doña Sofía es mucho más que un acto de protocolo real. Es la reparación de una espera. Debió ser en enero cuando el Puerto brindara sus honores a la Reina, pero el destino, siempre caprichoso y a veces cruel, impuso el luto por el fallecimiento de su hermana, la Princesa Irene. Este jueves, superado el duelo con la dignidad helénica que la caracteriza, Doña Sofía regresa al recinto donde se custodian los secretos del mar, el acuario Poema del Mar, una infraestructura señera que dialoga de tú a tú con el muelle que lleva su nombre; aquel muro que surgió del desbordamiento de los años sesenta, cuando el cierre de Suez obligó a al Puerto de La Luz a crecer sobre la costa natural y los terrenos del Ministerio de Guerra para convertirse en el coloso que hoy es.
La crónica de este jueves no se escribirá con la tinta de lo cotidiano, sino con el oro de la ejemplaridad. Veremos a Doña Sofía en el mismo puerto donde atracan las grandes buques que llegan cargados de mano de obra extranjera que esquiva a los trabajadores nacionales burlando, presuntamente, la Ley, allí donde se gesta la reparación naval, recordando que aquel crédito del Banco Internacional en los años ochenta no solo prolongó el abrigo del puerto en setecientos metros, sino que cimentó la modernidad de una nación. Loro Parque y su Fundación aciertan plenamente al señalar a la emérita como figura de referencia internacional; su implicación ha sido decisiva, constante, casi religiosa en su defensa de los ecosistemas vulnerables, desde las cumbres del Teide hasta las profundidades del Atlántico.
Vuelve la Reina a su Puerto, a su Dique, a su marea. Y Canarias, siempre leal a la Alta Institución que ella representa con una entrega que raya en lo heroico, se dispone a rendirle el homenaje que merece. En este rincón del mundo, donde la historia se escribe con espuma y tesón, la figura de Doña Sofía resplandece con la fuerza de un faro que, contra viento y marea, sigue indicando el camino de la responsabilidad y el amor por la creación. Es la hora de la Reina, es la hora de Las Palmas, es la hora de la justicia histórica bajo el cielo de La Luz.










