
Hay una ironía amarga flotando sobre las aguas del Muelle de la Luz. La misma patronal que defiende a capa y espada el AIEM (Arbitrio sobre Importaciones y Entregas de Mercancías) —ese muro arancelario que encarece la cesta de la compra de los canarios o a los hoteleros para renovar sus recintos turísticos, para proteger a una industria local a menudo ineficiente— acaba de descubrir las virtudes del «liberalismo sin fronteras». Canarias parece estar jugando a un juego peligroso: blindar su mercado interno con aranceles del siglo XIX mientras abre las puertas de su puerto estratégico a la geopolítica del siglo XXI. Es, efectivamente, patético. O, al menos, de una ingenuidad que raya en la negligencia estratégica. Europa pide reducir la dependencia de actores estatales externos en infraestructuras críticas (la doctrina contra China aplicada ahora en el Atlántico) y la patronal técnica en Belén con los Pastores.
La noticia adelantada por Canarymaritime de la entrada del gigante estatal Marsa Maroc (60% propiedad de la monarquía de Rabat) en el corazón logístico de Boluda ha provocado un cortocircuito lógico en el empresariado. Mientras un ciudadano paga un sobrecoste por un brick de leche importado gracias al proteccionismo del AIEM que la patronal bendice, esa misma patronal aplaude que las llaves de las terminales estratégicas del archipiélago se entreguen al Estado que, hace no tanto, desmanteló de un plumazo el modo de vida de 12.000 familias de la pesca canaria.
El camaleón estratégico: La tricontinentalidad como excusa
En Ser Las Palmas, este miércoles, el presidente de Fedeport, Juan José Socas, aplaudió la operación pero no dijo que la empresa de la que es socio, la turca Global Ports, acaba de ser adjudicataria de una terminal de crucero en Casablanca y que Autoridad Nacional de Puertos (ANP) de Marruecos pretende hacer una terminal en Dakhla para el negocio de los cruceros. El presidente de la CCE de Las Palmas, Pedro Ortega, ha desempolvado el viejo mantra de la «tricontinentalidad», término que se usa en Canarias y que fue inventado por Fidel Castro en enero de 1966 la I Cumbre de los No Alineados (qué va saber). Es el comodín perfecto. Bajo este paraguas, la entrada de Marruecos en la gestión del abastecimiento canario no es una pérdida de soberanía logística, sino una «oportunidad real».
Es fascinante observar la gimnasia mental de la patronal: Para lo que les conviene son fervientes defensores del libre mercado y la «soberanía de las decisiones empresariales» (aunque el socio sea un Estado extranjero con intereses geopolíticos directos sobre las aguas canarias). A tiempo que son proteccionistas de la vieja escuela, exigiendo que el AIEM blinde el mercado interior, impidiendo que la competencia exterior baje los precios al consumidor. O empresas importadoras.
El fantasma del banco canario-sahariano
La consternación en los sectores que aún tienen memoria histórica es palpable. No se trata de «fobia al vecino», sino de realpolitik. Marruecos no es un inversor privado cualquiera; es un actor estatal que utiliza sus empresas (como Marsa Maroc o el OCP) como herramientas de política exterior. Recordar la salida de los 12.000 trabajadores de la pesca no es un ejercicio de nostalgia, es una advertencia sobre la dependencia. Si Marruecos controla el 45% de las terminales que mueven el millón de contenedores de Boluda, ¿qué capacidad de presión tendrá Rabat sobre el abastecimiento de las islas en el próximo conflicto por las aguas territoriales o la delimitación de la mediana?
La capitulación de la gestión
La patronal se consuela diciendo que «Boluda mantiene el control». Es un argumento ingenuo para cualquiera que entienda cómo funciona el capital estatal en sectores estratégicos. Un 45% no es una inversión pasiva; es un asiento en el consejo de administración, es acceso a datos de flujo de mercancías y es, sobre todo, una posición de bloqueo. La realidad del mercado, dicen. Mientras la CEOE-Tenerife y la CCE de Las Palmas se felicitan por esta «esperanzada» alianza, entre los estibadores y el Cabildo de Gran Canaria se observa con sospecha.










