
Silenciosa, olvidada, cubierta de polvo… veíase La Niña III. Parafraseando a Bécquer, como recordaba este mes de marzo el profesor Fernández Belda, la realidad de esta carabela colombina hoy dista mucho de la épica que la vio nacer. Tras meses de abandono entre restos de botellones y la negligencia administrativa que culminó en un incendio parcial en mayo de 2023, el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria ha movido ficha, según ellos. El encargo de un estudio técnico al arquitecto naval Daniel Rodríguez Zaragoza decidirá si esta joya de la arqueología náutica se rehabilita o desaparece definitivamente.
A diferencia de los barcos construidos al calor del presupuesto público para los fastos de 1992, la Niña III es un ejemplar único. Fue la única réplica capaz de cruzar el Atlántico hasta Santo Domingo navegando exclusivamente a vela, sin motores de gasoil, siguiendo fielmente la estela de Cristóbal Colón. Es, en esencia, una «patera» de 17 metros de eslora que representa la pureza de la navegación medieval en sus materiales, aparejo y construcción.
La existencia de esta nave se debe al empeño personal del Teniente de Navío Carlos Etayo Elizondo. Lejos de las subvenciones millonarias —aquellos «pellones» que definieron el despilfarro de la Expo 92—, Etayo invirtió su propia herencia y aportaciones privadas para alcanzar los 20 millones de pesetas que costó su construcción en los astilleros de Bayona.
A sus 71 años, el capitán cruzó el «Mar Tenebroso» con el apoyo del afecto popular: mientras las instituciones miraban hacia otro lado, los canarios llenaban su bodega de plátanos, gofio y víveres. Tras quedar estancada en República Dominicana por falta de fondos, fue el compromiso de entidades como la Fundación Mapfre y el Cabildo de Gran Canaria el que permitió su regreso a las islas en 1993, donde inició un periplo por el Muelle Deportivo, la Base Naval y el Castillo de la Luz.
La ubicación actual tras el Museo Elder no ha servido para protegerla, sino para invisibilizarla. Expertos y defensores del patrimonio proponen una integración ambiciosa: situarla en un foso que simule su flotabilidad, al estilo del célebre Cutty Sark en Greenwich. Esta iniciativa no solo salvaría el barco, sino que crearía un eje pedagógico entre el Museo Elder (centrado en la técnica y la ciencia) y la Casa de Colón en Vegueta (centrada en la historia), ofreciendo una ruta cultural de primer nivel para los millones de visitantes de la isla.
La Niña III no se restaura para que vuelva a navegar, sino para una exposición estática. Para rehabilitar un gran balcón canario de madera no hace falta un arquitecto, sino ebanistas hábiles. El actual estudio de viabilidad abre una ventana de esperanza, aunque surge el debate sobre su ejecución. Si bien la dirección técnica es necesaria, la reconstrucción de su estructura de madera podría beneficiarse de la artesanía local y maestros ebanistas, dado que su destino final es el «dique seco» y la exhibición pública. Tras décadas de travesías y olvido, solo queda esperar que la carabela arribe a un destino digno. La Niña III no es solo un barco; es el testimonio físico del papel imprescindible de Gran Canaria en la gesta de 1492 y el legado de un capitán que creyó en la historia por encima del presupuesto.










