
Las manos que una vez palparon la plata viva en la cubierta de los barcos han quedado finalmente quietas, pues la muerte, esa gran seleccionadora que no entiende de caladeros ni de cuotas, ha decidido que este jueves, 26 de marzo de 2026, era el día de recoger las redes de Jaime Llorca. Se va el hombre, pero se queda el nombre escrito en las cajas de frío y en la memoria del Puerto de Las Palmas, donde durante cuarenta años levantó un imperio de hielo y escamas que era, en realidad, un monumento a la voluntad de no conformarse con lo que el mar entrega de forma gratuita. Queda el orgullo de quien sabe que cada caja que sale de estos muelles lleva impreso, además de un sello comercial, el respeto de un legado que ahora les pertenece a todo el puerto de Las Palmas.
Cuentan quienes conocen el oficio que hubo un tiempo, allá por 1986, en que la empresa decidió dejar de perseguir al pez para aprender a esperarlo, sustituyendo la fatiga del anzuelo por la inteligencia de la logística, y así fue como este canario de visión larga transformó la fisonomía de los muelles. La ultracongelación, ese truco humano para detener el tiempo y engañar a la podredumbre, fue su herramienta para que el sabor de las profundidades llegara intacto a las mesas del mundo, desde los túnidos que brillan como espejos hasta la carne y la huerta que también aprendieron a dormir bajo cero por obra de su empeño.
Beatriz Calzada, hablando en nombre de esa Autoridad Portuaria de Las Palmas que es hoy un poco más huérfana, ha recordado la revolución de un empresario que no solo vendía alimentos, sino que tejía una red invisible de acuerdos internacionales, haciendo que el nombre de las islas viajara en bodegas refrigeradas hacia puertos remotos. No es poca cosa haber sostenido el tejido de un archipiélago con la misma firmeza con la que se selecciona una pieza en origen, sabiendo que la frescura de una trayectoria no se mide por la temperatura de la cámara, sino por la rectitud de la palabra dada entre el ruido de las grúas y el olor a salitre.
Queda ahora la Jaime Llorca S.A. como un barco que debe seguir navegando sin su capitán fundador, custodiando esa «línea seca» de conservas y esa infinita variedad de viandas que él supo organizar con pasión de antiguo navegante. El mar seguirá ahí, batiendo contra el muelle, y los camiones seguirán saliendo cargados de escarcha, pero en el silencio de las oficinas de la cuarta planta se sentirá ese vacío frío que deja quien, después de haber alimentado a tantos, decide que ha llegado la hora de descansar en el caladero definitivo, allí donde ya no hace falta el hielo para ser eterno.

Lo que queda, tras el repliegue de las redes y el silencio de las máquinas, es el sedimento invisible de una escuela que no se escribió en libros, sino en el frío de las cámaras y en la precisión de la lonja. Esos cientos de empleados que aprendieron a leer el mar en el brillo de una pieza ultracongelada son hoy los custodios de un oficio que Jaime Llorca les legó como una herencia de manos sabias; ellos llevan en su disciplina diaria la firma de un hombre que les enseñó que la excelencia no es una temperatura, sino un compromiso.
Ahora, la familia se erige como el faro necesario, no solo para guardar las escrituras y los sellos, sino para actuar como garante de una continuidad que se alimenta de la sangre y del apellido, asegurando que el barco no pierda el rumbo en aguas extrañas. Porque mientras los hijos y los nietos mantengan encendido el motor de la memoria, y los trabajadores sigan reconociendo en cada cargamento la rectitud del fundador, la empresa no será solo un balance de cuentas, sino una promesa viva de que lo que se construyó con pasión es capaz de sobrevivir a la ausencia de quien puso la primera piedra.










