
Hay barcos que son solo acero y motores, y hay barcos que guardan en sus cuadernas el alma de todo un pueblo. Entre las paredes de la Escuela Náutica, la pasada semana se vivió uno de esos momentos que reconcilian a una ciudad con su propia historia. El presidente de la Autoridad Portuaria, Pedro Suárez, no solo hablaba de trámites técnicos; hablaba de un hito que ha tardado más de 50 años en fraguarse: el regreso del Correíllo La Palma a su condición de buque navegable.
Suárez (PP) puso voz a un sentimiento compartido: «Nos sentimos enormemente orgullosos de que el Correíllo tenga su base en el Puerto de Santa Cruz». No es para menos. Que este vapor emblemático vuelva a navegar no es solo un logro administrativo; es asegurar que las futuras generaciones de canarios no tengan que ver nuestra historia en libros de texto, sino sintiendo el vaivén del barco que un día unió nuestras islas cuando no había más puentes que el mar.
El final de una travesía de medio siglo
Ver el perfil del Correíllo sin funcionar ha sido, durante décadas, era ver una herida abierta. Un símbolo del patrimonio marítimo canario que luchaba contra el olvido y el óxido. La obtención del Certificado de Cumplimiento dejó de ser un deseo para convertirse en una hoja de ruta real. Es el premio a una resistencia numantina liderada por la Fundación Canaria Correíllo La Palma y apoyada por todas las administraciones, desde el Estado con la Autoridad Portuaria de Santa Cruz de Tenerife. Es un reconocimiento al esfuerzo colectivo. Voces como la de Juan Pedro Morales (Fundación Correíllo) o María del Cristo Adrián (ULL) destacan que conservar el patrimonio marítimo es, en realidad, conservar la identidad canaria. El Correíllo La Palma ya no es solo una pieza de museo estática; es un ser vivo que está a un paso de volver a oler a salitre en movimiento.










