Antonio Lecuona Ledesma era dueño, no empleado, de Frigo Lines, imaginen, años Noventa y con naviera sin carga financiera.
Hay seres que no solo se entregan al amo, sino que devoran con avidez las sobras de su látigo; criaturas de espíritu mutilado que han hecho del servilismo su única dignidad y de la sumisión su más perversa victoria.
La verdadera inmoralidad del esclavo no radica en llevar las cadenas, sino en venerar el metal que lo aprisiona, en conspirar contra la libertad del hermano y en necesitar, con desesperada cobardía, la existencia del tirano para no verse obligado a mirar de frente el vacío de su propia libertad.
Eso es lo que han hecho en Las Palmas con el papel de Antonio Lecuona Ledesma.
Fue fundador de Fedeport y presidente de los consignatarios de Tenerife.
Pero entre Astican y adheridos en Las Palmas borraron de un plumazo de Fedeport cuando se dieron cuenta que los puertos de Tenerife podrían liderar Canarias para que fuesen filiales de conglomerados radicados en la Península o vaya a saber dónde.
A Lecuona no lo bloqueó el mercado; lo desplazaron institucionalmente porque un empresario libre, con barcos propios y sin deudas, resultaba incómodo para el proceso de bancarización y monopolización de las puertas marítimas de Canarias desde Las Palmas.
Antonio Lecuona Ledesma concebía los puertos canarios no como feudos mercantiles, sino como el motor vital de un archipiélago unido.
Aquel empresario tinerfeño, presidente de Frigo Lines —cuyos buques, fletados por la CREP (hoy Asprocan), garantizaban el tráfico frutero entre Canarias y la Península—, fue uno de los arquitectos fundacionales de Fedeport.
Lo que nació como una patronal para defender con voz propia los intereses marítimos de las Islas terminó siendo secuestrado en los despachos de Las Palmas.
El proyecto se metamorfoseó en un instrumento de poder al servicio de extranjeros enterrando el espíritu regional que Lecuona siempre defendió.
Integridad
Desde su histórico despacho en la calle Emilio Calzadilla, Lecuona ejerció una defensa inquebrantable de la competitividad isleña.
Acompañado por el director gerente de su consignataria, el economista Joaquín Ruiz Rumeu, el entonces presidente de la Asociación Provincial de Consignatarios analizaba el horizonte marítimo con agudeza.
«El tráfico de mercancías no ha disminuido en absoluto», sentenciaba tajante frente a los agoreros de la crisis.
Para él, los muelles menos poblados no eran síntoma de decadencia, sino de evolución: explicaba con paciencia que, gracias a la tecnología del contenedor, los barcos permanecían un mínimo de tiempo atracados buscando aligerar costos.
Su vocación de servicio trascendía su propia empresa.
Como vicepresidente segundo de la Cámara de Comercio de Santa Cruz de Tenerife, integró una generación directiva que luchó por la creación de depósitos francos y la apertura comercial hacia Brasil.
Aquel comité ejecutivo reunió a nombres históricos del empresariado tinerfeño como el presidente cameral Francisco J. Ucelay Sabina y otros empresarios de la generación dorada del capital canario como José Sabaté Forns, Eduardo García Sánchez, Carmelo Tosco, Antonio Plasencia Santos, Amid Achi Fadul, Martín García Garzón, Javier Martín Carbajal y Tomás Zárate Cólogan.
Ni una huelga, jamás
Lecuona era, ante todo, un enemigo de la ineficiencia.
Denunció abiertamente cómo el monopolio de Cepsa (Moeve) en el suministro de crudo restaba competitividad a Santa Cruz de Tenerife, abogando por la entrada de operadores como Ducar para abaratar precios y evitar la fuga de buques petroleros hacia el Puerto de La Luz.
«Tenemos grandes posibilidades de competir ventajosamente con los puertos peninsulares, pues las Canarias son una etapa obligada en las comunicaciones entre Europa, África y América«, recordaba incesantemente.
Ducar encontró hueco en Las Palmas.
Hoy, la memoria de su empuje contrasta dolorosamente con el destino de la Fedeport que ayudó a parir.
El foro integrador por el que Lecuona apostó fue vaciado de su independencia, engullido por los intereses de los esclavos que terminaron dictando el rumbo desde Gran Canaria.
A Antonio Lecuona le birlaron la patronal, pero nadie pudo arrebatarle el honor de haber sido un auténtico visionario de los muelles; un hombre que construía región cuando otros, simplemente, buscaban hacer caja dopando a la clase política de dinero sacado del contribuyente, ni tan siquiera propio.
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