
El gigante de acero finalmente recortó el horizonte de Santa Cruz. No hubo fanfarria, solo el rugido sordo de los remolcadores guiando la mole hacia su descanso en la Dársena del Este. El Dique Hidramar 22000 ya es una realidad física en aguas tinerfeñas. Ανταγωνισμός en griego significa competencia, que fue lo que la semana pasada ha pedido el Sindicato de Trabajadores Portuarios al denunciar la posición dominante del astillero de Las Palmas propiedad de la familia griega Laskadiris, es decir, Astican.
La maniobra exigió precisión quirúrgica. Las autoridades portuarias despejaron el camino. Los prácticos del puerto sudaron la gota gorda. La estructura, una mole diseñada para levantar barcos de gran calado, avanzó pesadamente sobre el azul profundo del Atlántico. Los curiosos se agolparon en la escollera. Sacaron móviles. Capturaron el momento en que la silueta del dique eclipsaba momentáneamente el Auditorio.
Esta infraestructura no es solo metal y pintura; representa un centro de reparación naval de primer orden. La capacidad de carga es asombrosa: 22,000 toneladas. Permitirá intervenir buques que antes pasaban de largo hacia otros archipiélagos o costas africanas. El empleo local espera un soplo de aire fresco. Los talleres mecánicos, los soldadores y los ingenieros tienen ahora un nuevo tablero de juego.
El puerto cambia de fisonomía. Las grúas se preparan. El trasiego de operarios comienza al alba. La llegada del Hidramar 22000 marca un punto de inflexión en la economía azul de la isla. El sector naval canario gana músculo. El gigante ya duerme en su sitio, listo para despertar cuando el primer casco necesite refugio para sanar sus grietas. La logística tinerfeña celebra un éxito de ingeniería y paciencia.








